Voces - Cristhian Rosales-Castillo
Entrevista a Cristhian Rosales-Castillo, estudiante de doctorado de Emory University.
Esperamos les guste esta entrevista y se inspiren con su historia.
Me parece importante empezar por el colegio. Estudié en San Francisco de Borja, una pequeña parroquia, o localidad, de la provincia de Napo, en la Amazonía ecuatoriana. Mi colegio era fiscomisional: estaba vinculado a las misiones católicas y, para nosotros, ofrecía educación gratuita. Menciono esto porque el lugar y las condiciones en las que uno crece influyen mucho en lo que llega a imaginar como posible.
Vengo de una familia de escasos recursos económicos: vivíamos en un solo cuarto mi mamá, mi papá, mi hermano y yo. Solo la idea de ir a la universidad ya era un sueño lejano. Una universidad privada no era una opción que pudiéramos pagar, y entrar a una pública tampoco parecía sencillo.
En esos años, durante el bachillerato, la etapa final de la educación secundaria, debíamos escoger una especialidad. Había orientaciones como físico-matemático, ciencias sociales o químico-biologo, que daban un énfasis distinto a la formación. En mi entorno, se pensaba que los buenos estudiantes debían ir a físico-matemático, especialmente si querían entrar a una universidad de ingenierías. A ciencias sociales se la veía como la opción más fácil, y circulaba esa etiqueta de que «solo los vagos siguen sociales».
Elegí ciencias sociales, en parte porque allí estaban mis amigos y también porque no quería aceptar esa manera de etiquetar a las personas. Estoy seguro de que lo volvería a hacer: allí encontré a mis primeros grandes amigos, que junto con mi familia siguen siendo lo más importante en mi vida. Mi mamá tenía reservas sobre la decisión porque sentía que físico-matemático me daría más oportunidades de entrar a la universidad. Entiendo esa preocupación: desde un colegio como el mío, ingresar a una institución como la Escuela Politécnica Nacional ya se veía difícil; desde ciencias sociales, parecía prácticamente imposible. Además, mi preparación en matemáticas apenas había llegado a factorización.
Al terminar el colegio, mi sueño era entrar a la Escuela Politécnica Nacional, la EPN, en Quito, la capital de Ecuador. Es una universidad pública referente en ingeniería y que generalmente se asocia con los estudiantes más destacados del país. Muchos profesores, familiares y estudiantes pensaban que no tenía la preparación ni los recursos para lograrlo. No se trataba solo de aprobar un examen: también había que mudarse a Quito y sostener una vida allí. Mi hermano había intentado entrar a una universidad pública un año antes, y sabíamos por su experiencia lo difícil que podía ser.
Mis padres siempre me apoyaron, pero la confianza de mi papá fue fundamental. Me dijo que me apoyaría en lo que decidiera, pidió dinero al «chulco», como llamamos en Ecuador a ciertos préstamos informales con intereses muy altos, y me llevó a rendir la prueba de admisión. Con ese dinero pudimos pagar los pasajes de bus. Para muchos, intentarlo era un gasto innecesario; para él, era una oportunidad que yo debía tener.
No sabía qué temas iban a evaluar y prácticamente no me preparé. Tuve suerte de que fuera una prueba de aptitud académica, con razonamiento matemático, verbal y abstracto. Cuando consulté los resultados y vi que había sido admitido, no lo podía creer. Para sorpresa de todos, incluyéndome, había conseguido entrar al curso prepolitécnico.
El prepolitécnico, al que llamábamos «prepo», era un semestre de preparación y evaluación previo al ingreso a la carrera. Aprobar la prueba de admisión daba acceso a esa etapa; después había que aprobar sus materias para poder comenzar el primer semestre de la carrera elegida. En ese momento, muchos lo consideraban el verdadero filtro de la EPN, porque eran pocos los que lograban superar esa segunda etapa.
Todos compartíamos materias como Física, Geometría y Álgebra. Además, dependiendo de la carrera que queríamos seguir, tomábamos otras asignaturas: en mi caso, para Economía, debía cursar Contabilidad; quienes apuntaban a otras ingenierías tomaban Química. Por miedo a no tener suficientes bases matemáticas, pensé que Economía sería más cercana a mi formación en ciencias sociales y escogí ese camino, aunque también me atraían la electrónica y las matemáticas.
Cuando llegué al prepo, muchos compañeros venían de colegios públicos y privados muy conocidos, sobre todo de ciudades de la Sierra como Quito, Ambato e Ibarra. La mayoría había seguido físico-matemático; algunos venían de contabilidad y éramos muy pocos los de ciencias sociales. Al principio me costó, pero terminé aprobando todas las materias y pude exonerarme de los exámenes finales. Si recuerdo bien, en mi grupo entramos únicamente alrededor de catorce personas al primer semestre de Economía. Fue una de las etapas más importantes de mi vida: empecé a descubrir que podía hacer cosas que antes me parecían fuera de mi alcance.
Después descubrí que Economía en la EPN pertenecía a la Facultad de Ciencias y compartía profesores y buena parte de la formación de los primeros años con Física y Matemáticas. Es decir, la opción que había escogido por miedo a las matemáticas terminó dándome una formación muy sólida en ellas. Llegué a querer cambiarme a Matemáticas, pero eso habría retrasado mis estudios y no podía permitírmelo. Mi padre falleció durante la carrera, cuando yo tenía diecinueve años, y tuve que asumir el sostenimiento de mi familia.
Desde el segundo semestre trabajaba unas diez horas a la semana para mantenerme. Tras la muerte de mi padre, en cuarto semestre, pasé a trabajar cuarenta horas semanales mientras seguía estudiando. Mi mamá y mi hermano dependían económicamente de mí. Muchos pensaron que no terminaría la universidad o que tardaría mucho más, pero tuve el apoyo de mi familia y mis amigos. Terminé los cursos en menos tiempo que la mayoría de mis compañeros y estuve entre los estudiantes con mejor desempeño académico. Para mí, estudiar siempre fue un refugio.
Por esa época también cerró la universidad donde estudiaba mi hermano, en el marco de un proceso de evaluación de universidades en Ecuador. Él tenía una beca y tuvo que pasar por un proceso que lo llevó a volver a empezar sus estudios. Fueron varias dificultades que se juntaron. Yo había comenzado dando clases en institutos que preparaban a estudiantes para ingresar a la universidad, y luego entré a trabajar en el sector público, alrededor de los veinte o veintiún años.
Mis días empezaban aproximadamente a las seis y media de la mañana y terminaban a las diez de la noche. Viéndolo ahora, era una vida muy cansada, aunque en ese momento me acostumbré a ella. También recuerdo que mi primer salario en el sector público rondaba los 670 dólares mensuales y me parecía muchísimo: mi papá y mi mamá nos habían sostenido a los cuatro con menos de 200 dólares al mes. Eso ayuda a entender lo que significaba para mí poder trabajar y seguir estudiando.
En la EPN también participé en el convenio de doble titulación con la Universidad Jean Monnet de Francia, que permitía obtener una titulación adicional a través del acuerdo entre las dos instituciones. Aprendí francés y recibí clases de Macroeconomía y Teoría de Juegos, en ese idioma, con profesores de Jean Monnet y de la Universidad de Lyon que venían a enseñar en Ecuador. Las demás materias se convalidaban dentro del convenio. Fue una oportunidad muy valiosa de conocer otra manera de enseñar economía. Mi formación en matemáticas en la EPN fue excelente; en economía, en aquellos años, la formación me pareció más débil, salvo algunas clases y profesores que recuerdo especialmente.
La EPN cambió mi vida. Trabajé alrededor de diez años en el sector público, en instituciones vinculadas con estadística, educación, justicia y planificación. Cuando algunos amigos empezaron a irse a estudiar posgrados en Francia, Argentina o España, yo sentía que eso seguía siendo muy lejano para mí, por los recursos que imaginaba necesarios y por mi nivel de inglés. También sentía que me estaba quedando atrás. Hice la Maestría en Economía del Desarrollo en FLACSO Ecuador porque quería continuar mi formación, aunque todavía pensaba que estudiar en el exterior no sería posible.
Fue una muy buena decisión. La maestría complementó la base matemática que traía de la EPN y me permitió consolidar mis conocimientos en economía. Pero, sobre todo, como en el pregrado, conocí personas que se convirtieron en grandes amigos. Tener amigos con quienes también podía conversar y compartir el interés por la economía fue una parte muy importante de mi formación.
Mi trayectoria no ha seguido un plan definido desde el inicio. Mis sueños se fueron ampliando a medida que se abrían nuevas puertas: primero quería entrar a la universidad; después, tener un trabajo; luego, continuar estudiando. Muchas decisiones las tomé con dudas, y otras estuvieron condicionadas por circunstancias que no dependían de mí.
Menciono todo esto porque quienes venimos de contextos con desventajas podemos terminar creyendo que ciertos logros o espacios son para otras personas. Los comentarios de los demás también pesan en las expectativas que formamos sobre nosotros mismos. Yo no he sido la excepción: muchas cosas las he hecho con timidez y sin confiar completamente en mí. Lo más importante ha sido estar rodeado de personas que sí confiaron: mi padre, mi madre, mi hermano y los amigos que fui encontrando. Su apoyo y su cariño me ayudaron a imaginar posibilidades que antes ni siquiera consideraba.
No diría que hubo un momento preciso, antes del doctorado, en el que decidí dedicarme a investigar en economía. Llegué a la carrera sin conocer bien la disciplina y fui descubriendo mis intereses en el camino.
Al inicio del pregrado, estudiar en otro país o en otro idioma ni siquiera estaba dentro de lo que podía imaginar. Pensaba que eso era para personas extraordinariamente brillantes. Pero un día mi padre me dijo: «Estoy seguro de que tú vas a estudiar en el extranjero; creo que en Francia». Desde entonces se convirtió en un sueño. Todavía lo veía muy lejano, pero al menos ya podía imaginarlo.
Siempre he tenido curiosidad por entender la frontera del conocimiento: qué sabemos y, sobre todo, qué no sabemos. En economía no siempre es fácil identificar esa frontera cuando algunos debates se presentan como si ya tuviéramos todas las respuestas o como si todo dependiera de una posición política. Yo quería entender mejor los mecanismos detrás de lo que observamos y los límites de nuestras explicaciones.
La maestría en FLACSO reforzó ese interés, especialmente por la macroeconomía y las teorías del desarrollo. Me llamaba mucho la atención preguntarme por qué unos países crecen y otros no, y por qué, si tenemos modelos que ayudan a explicar esas diferencias, sigue siendo tan difícil traducir ese conocimiento en mejoras concretas.
Mi trabajo en el sector público también fue decisivo. En el Ministerio de Educación trabajé en investigación y, más adelante, fui director de estudios en el Instituto Nacional de Estadística y Censos de Ecuador (INEC). Pude colaborar con investigadores nacionales e internacionales, conocer cómo se construyen las bases de datos y observar de cerca cómo se diseñan e implementan las políticas públicas. Las preguntas aplicadas me interesaban, pero también quería entender cómo se conectaban con una explicación más amplia de la economía.
Conversar con personas que habían estudiado en Estados Unidos, Francia o Inglaterra, que trabajaban en organismos internacionales o publicaban investigación de alto impacto, me ayudó a dejar de ver ese camino como algo reservado para unos pocos. Poder discutir con ellas y sentir que podía entender y participar en esas conversaciones cambió mi percepción de lo que significaba estudiar fuera. También quería vivir esa experiencia: sentarme en las aulas de una de esas universidades y descubrir hasta dónde podía llegar.
El inglés seguía siendo una barrera: apenas había cursado un par de niveles en la universidad y dudaba de poder alcanzar el nivel necesario para postular a un programa competitivo. Una vez más, el apoyo de mi familia y mis amigos me dio la confianza para intentar aprender. No fue algo que siempre hubiera visto como posible, pero finalmente lo fue.
Me siento muy afortunado de haber llegado a Emory en una etapa de inversión y crecimiento del Departamento de Economía. He tenido acceso a excelentes profesores, seminarios, conferencias y recursos para mi formación. El apoyo también incluye un estipendio, una asignación económica que permite sostenerse durante el doctorado. Tanto entre estudiantes como entre profesores he encontrado personas generosas, dispuestas a compartir conocimiento, discutir ideas y ayudar.
Es la primera vez en mi vida que puedo dedicarme únicamente a estudiar, y eso se siente como un sueño. Disfruto mucho volver a las aulas y aprender de personas que hacen investigación de alto nivel. Trato de aprovechar cada oportunidad que tengo.
Eso no significa que el doctorado no tenga etapas difíciles. La experiencia varía mucho entre personas, y hay quienes viven este proceso con mucho estrés. Para mí, una parte central ha sido aprender a reconocer lo que no sabemos, sentirme cómodo con equivocarme y aceptar que a veces no hay una respuesta clara. De hecho, eso es de lo que más disfruto: descubrir cuánto falta por entender y cómo algunas de las preguntas más complejas aparecen en cosas que antes tomábamos por dadas.
En el pregrado o la maestría, a veces el conocimiento se presenta con más certeza, o uno lo entiende de forma más intuitiva. En el doctorado empiezas a examinar con mayor profundidad qué sostiene esas ideas y cuáles son sus límites. A eso se suman los cursos, las tareas y una formación matemática exigente. La carga se vive de manera distinta según la experiencia previa: para mí, haber trabajado y estudiado al mismo tiempo durante tantos años hizo que poder concentrarme en estudiar fuera algo muy especial.
También hay que aprender a manejar las expectativas propias y ajenas. Es fácil compararse con otros o asumir que existe una sola manera de ser un buen investigador. Hay personas que trabajan muchas horas de forma muy disciplinada y otras que encuentran un equilibrio distinto con su vida personal. Cada persona aprende y trabaja de forma diferente. Creo que es importante encontrar un ritmo propio, tener paciencia y construir confianza sin perder la responsabilidad profesional. Tener resultados rápidamente tampoco significa necesariamente que sean los mejores resultados.
A veces la presión por publicar en las revistas más reconocidas o por preparar el job market paper, el trabajo de investigación con el que uno se presenta al mercado laboral académico, hace que perdamos de vista el gusto por entender y aprender. Nos concentramos en dónde se publica, en cuánto tiempo y en qué universidad se consigue trabajo. Son preocupaciones reales, pero creo que también necesitamos conservar el interés por las preguntas que nos llevaron a investigar.
En mi caso, la mayor dificultad ha sido familiar y emocional. Estoy casado, tengo una hija y mi madre sigue dependiendo económicamente de mí. Hacer el doctorado implicó vivir en un país distinto al de mi esposa, mi hija y mi mamá, y pasar meses lejos de ellas. La tecnología ayuda a mantenernos cerca, pero no reemplaza estar presentes, especialmente durante el crecimiento de mi hija. No puedo hablar de mi experiencia en el doctorado sin hablar de lo que significa vivir lejos de ellas y de lo difícil que ha sido aprender a manejar esa distancia, sobre todo en mi papel como padre.
Mi primer gran mentor académico fue Holger Capa, mi asesor de pregrado en la EPN y uno de mis profesores de Econometría. Su formación y su manera de pensar influyeron mucho en mi interés por la estadística y la econometría, áreas en las que hoy también trabajo. Más allá de haber sido mi profesor, es alguien a quien hasta hoy puedo llamar amigo. Su guía ha trascendido lo académico: me ha ayudado a tomar decisiones, confiar en mí, esforzarme y recordar de dónde vengo, desde mi hogar hasta mi universidad y mi país. Lo admiro mucho y su sabiduría me ha acompañado desde que lo conozco.
En mi experiencia profesional, Carolina Báez ha sido una de mis grandes mentoras. Fue mi primera jefa en el sector público y volvimos a trabajar juntos en otras instituciones. Es un ejemplo de responsabilidad, compromiso y transparencia. De ella aprendí lo importante, y a veces difícil, que es actuar con honestidad, así como el valor de trabajar para ayudar a los demás. También me apoyó en momentos en los que mis propias inseguridades limitaban lo que creía posible.
Andrés Arauz, uno de los ministros con quienes trabajé, también influyó en mi manera de pensar las políticas públicas. Su perspectiva me ayudó a mirarlas de forma más sistémica y a largo plazo. También me llevó a pensar con mayor atención en cómo se forman los grupos políticos y en las tensiones entre partidos y dentro de ellos. Entender esas dinámicas ayuda a repensar las políticas, porque su diseño e implementación ocurren dentro de ese contexto.
En Emory, mi primer mentor fue David Jacho. Su apoyo ha sido fundamental para mi camino en el doctorado. Valoro mucho su ética de trabajo, sus consejos honestos y su forma de recordarme que no debemos olvidar de dónde venimos, sin importar adónde lleguemos.
Actualmente, mi gran mentor es mi asesor, Juan Rubio-Ramírez. Admiro su capacidad para simplificar problemas y encontrar ideas profundas en principios básicos. Nuestras conversaciones me han ayudado a pensar mejor tanto en la investigación como en la relación entre la vida académica, profesional y personal.
También he aprendido mucho de Elena Pesavento, con quien trabajo desde mi segundo año. Ha sido muy generosa al discutir ideas y compartir su perspectiva sobre la investigación, la vida académica y el mercado laboral. Con Florian Gunsilius, Teddy Kim, In-Koo Cho y Alexis Toda he tenido oportunidades de aprender a través de clases, estudios dirigidos o reuniones. Cada una de esas interacciones me ha ayudado a ser un mejor economista. Siento mucha admiración por ellos y espero seguir acercándome a lo que conocen y entienden.
Actualmente trabajo en macroeconometría y microeconomía aplicada. Me interesan tanto las herramientas que usamos para entender la economía como las preguntas sobre educación, instituciones y funcionamiento del Estado.
En macroeconometría, una de mis líneas de trabajo estudia la identificación de modelos cuando los shocks que afectan a la economía no son gaussianos, es decir, cuando no siguen una distribución normal. En particular, con mi asesor y Florian Gunsilius exploramos modelos de vectores autorregresivos estructurales en los que esos shocks pueden ser dependientes entre sí en un mismo momento. Queremos entender bajo qué condiciones es posible identificar la estructura que genera los datos observados al relajar supuestos habituales.
Otra línea combina métodos bayesianos de estimación de modelos macroeconómicos con aprendizaje por refuerzo, o reinforcement learning. Mi proyecto de tercer año exploró cómo incorporar estas herramientas al algoritmo de Metropolis-Hastings para mejorar la exploración de la distribución posterior de los parámetros. Me interesa la matemática detrás de estas técnicas y cómo puede ayudarnos a abordar problemas computacionales complejos de forma más eficiente.
En microeconomía aplicada tengo proyectos de economía de la educación. Por un lado, estudiamos los efectos de crear nueva infraestructura educativa sobre indicadores sociales y económicos, tanto a corto como a largo plazo. Por otro, buscamos distinguir cuánto del efecto de un título universitario proviene de la formación de capital humano y cuánto de su papel como señal de capacidades ante los empleadores.
También trabajo en un proyecto sobre nepotismo en el sector público ecuatoriano, entendido como el posible favoritismo hacia familiares en el acceso a puestos o ventajas laborales. A partir de datos seudonimizados del INEC, que permiten reconstruir vínculos familiares, buscamos entender si existe ese favoritismo y cómo se relaciona con el acceso al empleo público, los salarios y la rapidez de los ascensos. Nos interesa también estudiar las transiciones entre el sector privado y el público.
Una siguiente parte del proyecto busca entender cómo interactúan esos vínculos con cambios en la organización del Estado, por ejemplo, cuando un ministerio se divide en dos o cuando varias instituciones se fusionan. Queremos estudiar qué estructuras pueden promover o limitar el nepotismo y cómo este termina afectando la capacidad del Estado, mediante indicadores de educación, salud, funcionamiento de la justicia y ejecución del gasto.
Mis motivaciones conectan bastante con mi trayectoria. Por un lado, disfruto entender los supuestos de los modelos y preguntarme qué ocurre cuando los relajamos. ¿Los usamos porque nos ayudan a entender la realidad o porque hacen más manejable el problema? ¿Cuánto cambia lo que podemos aprender cuando adoptamos otros supuestos? Los modelos son simplificaciones, pero me interesa entender qué estructura nos permiten reconocer detrás de los datos.
Por otro lado, quiero comprender mejor lo que observé durante mis años en el sector público: qué fricciones dificultan su funcionamiento y qué cambios podrían ayudar a mejorar las instituciones y las políticas públicas. En Latinoamérica nos preguntamos mucho qué necesitamos hacer para mejorar. Para responder, creo que también necesitamos entender con más evidencia cuáles son los mecanismos que favorecen o perjudican el desempeño del Estado.
La evidencia nos permite tener mayor confianza en que una política puede cumplir los objetivos que buscamos. Pero creo que también hay una tensión que debemos reconocer: un resultado de investigación no significa que sepamos qué va a ocurrir en cualquier contexto.
Una intervención que funciona bajo ciertas condiciones puede tener efectos distintos en otro lugar. Tampoco es evidente que algo que funciona a pequeña escala produzca el mismo resultado al ampliarse, porque pueden cambiar los incentivos y aparecer efectos sobre el conjunto de la economía. Es importante usar la evidencia sin sobredimensionar lo que un estudio puede explicar.
Además, la velocidad a la que generamos conocimiento suele ser menor que la urgencia con la que hay que tomar decisiones públicas. Muchas veces debemos actuar con información incompleta. Por eso, me parece fundamental reconocer las limitaciones de lo que sabemos y diseñar las mejores políticas posibles con la evidencia disponible.
Lo que propongo es una retroalimentación continua: que la investigación informe el diseño de las políticas y que su implementación y evaluación también ayuden a mejorar la investigación. Las políticas públicas generan nuevas preguntas y nos permiten revisar lo que creíamos entender. Esa relación debe funcionar en ambas direcciones.
Desde el punto del doctorado en el que me encuentro, veo un mercado laboral académico competitivo y con bastante incertidumbre. La inteligencia artificial añade preguntas sobre cómo puede cambiar el trabajo de investigación, pero todavía me parece difícil saber cuál será su impacto.
La competencia es especialmente intensa en las instituciones más reconocidas. Aun así, creo que existen más opciones de las que solemos considerar. El mercado estadounidense es amplio, y también hay oportunidades en Europa, Asia y Latinoamérica, aunque las condiciones y las diferencias salariales pueden ser importantes. Es un camino que puede resultar agotador si uno no disfruta lo que hace.
La comunidad de economistas en Latinoamérica me parece muy prometedora. Veo espacios de investigación y formación valiosos en Colombia, Argentina, Chile, Brasil, México y Perú. Al mismo tiempo, esa conexión con la investigación internacional es desigual entre países.
En Ecuador, que es el caso que conozco mejor, no creo que el problema sea una falta de capacidades. Me parece que faltan estructuras institucionales que faciliten una relación sostenida con las comunidades que trabajan en la frontera del conocimiento. Tener talento es fundamental, pero también necesitamos espacios que permitan desarrollarlo, hacerlo visible y conectarlo con oportunidades.
Fortalecería los vínculos con la investigación de frontera en cada área. A veces se valora mucho la etiqueta de haber estudiado en Europa, Estados Unidos o Asia, sin distinguir suficientemente qué formación se recibió o con qué comunidad de investigación existe una relación real. Me parece más útil centrarnos en la calidad de esas conexiones.
Hay experiencias regionales que muestran caminos posibles: el curso de verano del Banco Central de Reserva del Perú y los espacios de formación en universidades como los Andes en Colombia; la Universidad del Pacífico y la Católica en Perú; la Católica de Chile; Torcuato Di Tella, La Plata y San Andrés en Argentina; o el ITAM y el Tec de Monterrey en México, por mencionar unos ejemplos que se me vienen a la mente. También hay experiencias importantes en Brasil.
En países como Ecuador, me gustaría que estos espacios se fortalecieran con una coordinación más amplia entre instituciones nacionales y procesos de acceso transparentes. Cuando una institución construye una relación sostenida con universidades y grupos de investigación del exterior, también ayuda a que estos conozcan y confíen en la formación de sus estudiantes. Eso puede abrir un flujo más constante de oportunidades, en lugar de depender solo de casos individuales.
Una red así puede ayudar a que estudiantes se formen en el exterior y colaboren con investigadores de otros países. Algunos se quedan fuera y contribuyen desde esas comunidades; otros regresan y aportan desde sus países. Ambas trayectorias pueden ser valiosas. Me parece importante crear vínculos que permitan esa circulación de conocimiento y oportunidades.
En países donde esas conexiones todavía son débiles, crear espacios compartidos puede ser un primer paso. También ayudaría a mostrar que llegar a esas comunidades es más accesible de lo que a veces imaginamos. Cuando nuestros propios círculos repiten que es imposible, terminamos descartando oportunidades antes de intentarlo.
Es un problema estructural y difícil de resolver. El origen familiar influye en el acceso a una educación de calidad, al aprendizaje de inglés y a redes que permiten conocer oportunidades. Incluso quienes llegan a la universidad pública ya son un grupo que ha logrado superar barreras que muchas otras personas no pudieron atravesar.
En mi experiencia, una parte importante de la desigualdad tiene que ver con la información. Una persona puede recibir una buena formación académica y, aun así, no conocer las opciones que existen fuera de su entorno. Algunas instituciones ofrecen, además de conocimientos, una visión más amplia de lo que es posible. Esa diferencia puede cambiar las aspiraciones de un estudiante.
Las redes de contacto, las mentorías y las conversaciones con personas que ya han hecho un doctorado pueden ayudar mucho. Espacios como esta entrevista permiten desmitificar un camino que es difícil, pero que no tiene por qué verse como imposible. Programas transparentes, apoyados por fondos públicos o donaciones, podrían acercar información y acompañamiento a estudiantes de distintos orígenes y hacer visible su talento.
Sin embargo, eso no reemplaza una respuesta más amplia a la desigualdad. Para mí es fundamental recordar que el desempeño académico no determina el valor de una persona. Todos merecemos una vida digna, independientemente del título que tengamos o de si destacamos en la universidad. Asociar una supuesta superioridad personal con ciertos logros académicos puede reforzar jerarquías y presiones que también distorsionan el acceso a oportunidades.
Necesitamos mejorar el acceso a educación de calidad desde las primeras etapas, reconocer distintas capacidades y construir sistemas más transparentes. También deberíamos dar más espacio a las habilidades de comunicación y a las relaciones con otras personas. En investigación no basta con entender un problema: importa poder explicar lo que encontramos y compartirlo con los demás. Esa formación tampoco debería depender del origen socioeconómico.
Es difícil dar un consejo que sirva para todos, así que prefiero hablar desde mi experiencia. Les diría que no se limiten demasiado por lo que hoy creen posible. Vale la pena soñar en grande, intentarlo y conversar con distintas personas antes de descartar un camino.
Si pueden, hablen con profesores y estudiantes de doctorado. Escuchen perspectivas diferentes y piensen qué tipo de experiencia se ajusta a sus intereses y a su forma de ser. Eso ayuda a tomar decisiones con una idea más realista de lo que implica investigar.
También les diría que no romanticen el doctorado. Más allá de los estereotipos sobre el éxito académico, conviene volver a las preguntas básicas: qué les interesa entender y por qué quieren dedicar tiempo a ello. Estar abiertos a preguntar, equivocarse y revisar sus ideas es parte fundamental del proceso.
La curiosidad es muy importante. No se trata solo de aprender reglas o métodos, sino de preguntarse por qué funcionan, qué intuición hay detrás y cómo se conectan con una visión más amplia del problema. En economía, creo que ayuda mucho construir una formación que combine matemáticas, ciencias sociales y política pública, y empezar con tiempo a trabajar en aquello que nos cuesta.
Finalmente, busquen una red de apoyo y cuiden sus habilidades de comunicación. Tener personas con quienes conversar, pedir ayuda y compartir dudas puede hacer una gran diferencia. En mi caso, muchas de las posibilidades que hoy forman parte de mi vida empezaron con alguien que creyó en mí antes de que yo pudiera hacerlo.
–
Para cualquier comentario o sugerencia sobre esta sección de EconThaki, nos puedes escribir al correo: contacto@econthaki.org